La Luna
18 · THE MOON · La Luna
No. 01Tema: Cotejar

1909, grabado de nuevo

Setenta y ocho cartas, cotejadas una por una con los originales y grabadas otra vez

Creía que estaba haciendo una baraja más refinada. Después descubrí que, la mayor parte del tiempo, estaba aprendiendo a ver bien los originales.

En la Biblioteca de cartas de Lunarcana había, hasta ahora, dos estilos de cartas: uno es Lunarcana; el otro, Clásico, que usa escaneos de los dibujos originales de la baraja de 1909. Ahora hay un tercero, y se llama Grabado.

Muestra las mismas setenta y ocho cartas, con cada personaje y cada objeto en su sitio de siempre. Lo único que cambia es la manera de dibujarlas: las líneas se vuelven un tramado fino de grabado, y el color, capas transparentes que parecen puestas a mano, una sobre otra, como un grabado impreso hace un siglo y guardado con cuidado hasta hoy.

En este texto quiero contar por qué decidí volver a grabar estas setenta y ocho cartas, y algo que aprendí mientras las comparaba, una por una, con los originales.

En los diez capítulos de este texto se esconden nueve imágenes de la carta de la Luna. Cuando te cruces con ellas, puedes volver a mirar la carta de arriba.

Capítulo 1

Quería verla un poco más clara

Motivo I: La luna — Dentro de la luna se esconde un rostro de perfil, con los ojos cerrados y un gesto muy sereno.

En este año haciendo Lunarcana, lo que más he mirado son los dibujos originales de la baraja de 1909. La composición de cada carta, la postura de cada personaje, las cositas sin importancia de los rincones: todo eso lo he visto muchísimas veces. Cada vez me gustan más, y cada vez me importa más una cosa: los originales que tenemos a mano, en realidad, no se dejan ver bien.

Lo que se encuentra hoy de esos originales son, casi siempre, escaneos de impresiones de hace más de cien años. Las líneas son gruesas, el color va puesto en manchas planas y, si amplías la imagen, todavía se ven las rebabas y los puntitos que dejó la imprenta. Muchos detalles, en la pantalla del celular, se reducen a un borrón en el que no se distingue qué está dibujado.

Por ejemplo, la Luna. Dentro de la luna se esconde un rostro de perfil, con los ojos cerrados. En el escaneo original, esa cara no es más que unas cuantas líneas negras y gruesas; cuando me fijé en ella por primera vez, ya había visto la carta un montón de veces.

Así que quise hacer algo: no cambiar nada de lo que hay en los originales, solo dibujarlos con más detalle, para que lo que siempre estuvo en la carta se pudiera ver con más claridad.

Capítulo 2

Quién dibujó esta baraja

Motivo II: Las dos torres — Dos torres se alzan una a cada lado del campo, igual de altas, igual de calladas.

Cuando se habla de esta baraja, mucha gente piensa primero en el nombre de Waite. Pero quien dibujó estas setenta y ocho cartas fue una pintora llamada Pamela Colman Smith1.

La baraja la publicó Rider, en Londres, en 1909. Se suele aceptar que Waite fijó la estructura y los significados de las cartas, y que también marcó el rumbo de la mayoría de las imágenes de los arcanos mayores; las escenas de las cincuenta y seis cartas de los arcanos menores, en cambio, las ideó en su mayor parte la propia Smith. Antes de ella, en casi todos los tarots las cartas numeradas se limitaban a poner en fila unas cuantas copas o unos cuantos bastos. Ella le dio a casi cada una su escena, con personajes, con una historia. Si hoy el Tres de Espadas nos hace pensar en un corazón roto y el Diez de Copas en una familia bajo el arcoíris, buena parte del mérito es suyo.

Sin embargo, durante mucho tiempo la baraja circuló con el nombre del editor y el de Waite. El de ella quedó apenas como una pequeña firma, escondida en un rincón de la mayoría de las cartas.

Por eso, en Lunarcana prefiero llamarlos «los dibujos originales de Smith de 1909». Volver a grabarlos también ha sido una manera de mirar otra vez, con atención, lo que ella dibujó.

Capítulo 3

Cambiar el trazo, no el contenido

Motivo III: Los rayos — Alrededor de la luna hay treinta y dos rayos, dieciséis largos y dieciséis cortos, alternados: uno largo, uno corto.

Antes de ponerme a trabajar, me fijé unas cuantas reglas.

La primera: lo que está en el original, se dibuja. Personajes, animales y objetos conservan su número, su posición, su orientación y su postura; no se agrega nada que el original no tenga, ni se quita nada que sí tenga. Si alrededor de la luna hay treinta y dos rayos, dieciséis largos y dieciséis cortos, hay que contarlos uno por uno.

La segunda: la imagen y el marco se hacen por separado. El nombre de la carta, el número y los pequeños símbolos de las esquinas los pone el marco; dentro de la imagen no aparece ni una letra. El marco se diseñó aparte y pasó por casi veinte rondas de cambios; al final, las setenta y ocho cartas comparten un mismo diseño de marco, con apenas pequeñas diferencias entre los arcanos mayores, los cuatro palos y las figuras de la corte.

La tercera: el color tiene que ser contenido. Probé varias versiones con colores más intensos, y cada vez mi primera reacción fue: «es demasiado». Lo que quedó es un color un poco desvaído, como bajo una capa de barniz viejo, sobre un papel blanco hueso, cálido, de fibra muy fina, sin manchas y sin amarillear.

La primera carta de prueba fue el Ocho de Bastos. Hubo una versión especialmente bonita, de línea fina y color suave; me quedé mirándola un buen rato. Pero había puesto unas nubes en un cielo que en el original está despejado, y había convertido una casa muy pequeña, a lo lejos, en una casa grande con torre.

Esa versión, al final, no se usó.

Que algo se vea bonito no justifica cambiar nada de lo que está en el original. Eso lo aprendí con la primera carta, y se volvió el límite para las setenta y siete restantes.

Pero, al revés, ser fiel al original tampoco significa copiar tal cual las líneas gruesas y las rebabas de la impresión. Hubo una versión en la que insistimos tanto en que fuera «idéntica al original» que las líneas volvieron a engrosarse y el color volvió a quedar en manchas, casi igual que el escaneo de siempre. Esa versión tampoco se usó.

No se puede cargar hacia ningún lado: que no falte nada del contenido y que el trazo no sea tosco. Cada una de las cartas que siguieron consistió en encontrar su lugar entre esas dos cosas.

Capítulo 4

Setenta y ocho cartas, cotejadas una por una

Motivo IV: Las gotas — Quince gotas de luz caen bajo la luna, ocho a la izquierda y siete a la derecha, con la forma de la letra hebrea yod.

Si tuviera que explicar en una sola frase de dónde salió este estilo de cartas: se redibujó con ayuda de IA a partir de los originales de 1909 de Pamela Colman Smith, y se cotejó carta por carta con el original.

En concreto, con cada carta se hizo lo mismo. Primero se recortaba del original la parte de la imagen; luego se escribía una descripción muy detallada de cada cosa que aparece en ella, con dónde está, qué tamaño tiene y hacia dónde mira; después se volvía a dibujar siguiendo el original; y, una vez dibujada, se comparaba punto por punto con el original.

Al cotejar, hay muchas cosas que contar. Las gotas de luz que caen bajo la luna son quince, ocho a la izquierda y siete a la derecha; cuántas granadas hay en el velo que cuelga detrás de la Papisa; si la corona de la Emperatriz tiene doce estrellas; si cada mano está bien dibujada. Si la cuenta no da, se vuelve a dibujar.

Quien coteja no es quien dibuja. Hay una revisión independiente que tiene a mano el original, la descripción que escribimos y estas reglas, y va buscando fallos punto por punto; si encuentra un problema, se corrige la descripción y se dibuja otra versión. Después de ese cotejo, falta todavía que yo la mire: solo cuando le doy el visto bueno, la carta queda definitiva. También hubo algunas cartas en las que la revisión, hasta el final, seguía encontrando alguna diferencia, y fui yo quien, después de verlas, decidió darlas por buenas así.

De las setenta y ocho, más de veinte pasaron a la primera. La más difícil llegó a tener más de treinta versiones.

A mitad del camino, descubrí algo que me dio un poco de vergüenza.

Capítulo 5

Cuando una carta no pasaba, el error solía ser nuestro

Motivo V: El cangrejo de río — Un cangrejo de río sale del agua y trepa a la orilla, con las pinzas por delante y la cola todavía en el agua.

Al principio pensé que las cartas que no pasaban una y otra vez eran cuestión de mala suerte: que, a fuerza de intentarlo, alguna versión saldría bien.

Después amplié el original y lo comparé, frase por frase, con la descripción que le habíamos dado, y descubrí que muchas veces el problema estaba en la descripción. De las dieciocho cartas que se habían atascado en esa época, en unas ocho el problema no estaba en el dibujo, sino en la descripción: pedíamos más de lo que el original dibuja, o directamente algo distinto.

lo que pedía la descripción
cinco dedos bien marcados
lo que dibujó Smith
una mano redonda, como de manopla

Toda la diferencia estaba ahí.

Smith, muchas veces, no dibuja cada uno de los dedos: dibuja una mano redonda, como metida en una manopla. Pero nuestra descripción decía «cinco dedos bien definidos», así que cuanto más se parecía la mano al original, menos posibilidades tenía de pasar el cotejo. Pasó algo parecido con otras cosas: la descripción hablaba de seis puntos en el borde de una túnica, o de cuatro troncos en la imagen, cuando el original no los dibuja con tanta claridad; y el símbolo del infinito sobre la cabeza de la Fuerza quedó escrito como un ocho acostado, perfectamente regular.

El original siempre estuvo ahí. Lo que había que corregir, muchas veces, era nuestra manera de describirlo.

Cada vez, la solución fue la misma: volver al original, ampliarlo, ver con claridad qué es lo que realmente dibuja y reescribir la descripción para que se pareciera a él. En cuanto la descripción quedó bien, varias cartas que llevaban más de diez rondas atascadas pasaron enseguida.

Hay otro tipo de error, más escondido.

En una carta, a lo lejos, solo hay una casita. En la descripción usamos la palabra inglesa «cottage», una casita de campo, y en la casa dibujada apareció, sobre el tejado, una chimenea. Cambiamos la palabra por otra, y la chimenea seguía ahí. Resulta que, en su manera de imaginarla, una casita de campo tenía que llevar chimenea.

En el Diez de Copas, la casita sigue teniendo, al final, su chimenea en el tejado; en ese punto, decidí aceptarlo.

Cosas así pasaron una y otra vez. Si escribíamos «los campos a lo lejos», entre los campos brotaban hileras de setos; si escribíamos «una bruma gris azulada sobre las colinas lejanas», unas lomas que eran bajas se convertían en montañas altas.

Lo más complicado es que no se resuelve escribiendo «sin chimenea». En cuanto aparece escrita la palabra «chimenea», es más fácil que la chimenea aparezca en el dibujo. Lo único que se puede hacer es buscar otra forma de decirlo, una que no arrastre la chimenea consigo, o describir solo las formas que el original de verdad dibuja.

Después pensé que esto no pasa solo al dibujar. Cuando decimos una palabra, muchas veces arrastramos con ella todo un mundo imaginado del que ni siquiera nos damos cuenta.

Capítulo 7

Lo que leímos mal

Motivo VII: El perro — El perro de la izquierda se alza sobre las patas delanteras, con la cabeza en alto, y le ladra a la luna.

Hubo además algunos puntos en los que fuimos nosotros quienes leímos mal el original.

En el Juicio, el ángel toca una trompeta. Pero en la descripción, esa trompeta se leyó como un dedo vertical junto a los labios, como si el ángel pidiera silencio. En la Muerte, un pliegue de la túnica se leyó como una corriente de agua; y en otra carta, los zapatos de un rey se leyeron como unas formas sobre la arena. Las líneas del original son gruesas, y en algunos sitios es fácil confundirse; pero, una vez que el error queda escrito en la descripción, se dibuja con todo esmero, y cuanto más fino es el dibujo, con más aplomo se equivoca.

Dos de esos errores los noté yo mismo, frente a la pantalla: por más que mirara, sentía que algo no cuadraba; volvía al original y descubría que no era así. En el caso del Juicio, al final acudimos al texto que Waite escribió para esta baraja, donde lo dice con toda claridad: el ángel está tocando la trompeta.

En esa época entendí algo nuevo sobre esto de mirar. Creemos que lo que vemos es el original, pero muchas veces lo que vemos es lo que entendimos de él.

Capítulo 8

Esta carta: la Luna

Motivo VIII: El lobo — El lobo de la derecha está sentado y también levanta la cabeza hacia la luna, con la cola espesa alzada a sus espaldas.

La carta de este número es la Luna. También es la que se usa como ejemplo al cambiar de estilo en la Biblioteca de cartas, porque es en ella donde más se nota la diferencia entre los tres estilos.

La Luna pasó en la segunda versión. La primera tenía dos problemas. Uno estaba justo encima de la luna. En el original, el número de la carta, XVIII, va impreso sobre los rayos y tapa un tramo. Al redibujarla, el número tenía que desaparecer y el hueco había que llenarlo de rayos; en la primera versión quedaron amontonados, y se perdió el ritmo de largo y corto. En la segunda cambiamos la descripción por «los rayos de arriba siguen igual que los de los lados y los de abajo, alternando uno largo y uno corto», y quedaron en orden. El otro problema era un cielo demasiado oscuro; en la segunda versión lo aclaramos un poco.

En esta carta también me tomé una pequeña libertad: el cielo del original es de un azul muy claro, casi de día; Grabado lo pinta con luz de crepúsculo, y alrededor de la luna aparece un halo muy tenue. Por lo demás, el perro sigue a la izquierda, el lobo a la derecha, el cangrejo de río sigue saliendo del agua y el caminito sigue partiendo de la orilla.

Si quieres ver los tres estilos juntos, entra en la Biblioteca de cartas y cámbialos con el control «Estilo de cartas» de arriba: la carta de ejemplo es justamente la Luna. Una vez que elijas «Grabado», abre la carta de la Luna y la verás tal como quedó al grabarla de nuevo.

Capítulo 9

Después del cotejo

Motivo IX: El camino — Un camino sale de la orilla del agua, pasa entre el perro y el lobo y sigue hasta perderse en las montañas lejanas.

Después de volver a grabar estas setenta y ocho cartas, lo que más me llevo no es un estilo de cartas bonito más, sino haber aprendido de nuevo a mirar un dibujo.

La carta de este número

Todo lo que has ido leyendo está en esta carta

  1. La lunaCapítulo 1
  2. Las dos torresCapítulo 2
  3. Los rayosCapítulo 3
  4. Las gotasCapítulo 4
  5. El cangrejo de ríoCapítulo 5
  6. Las montañas lejanasCapítulo 6
  7. El perroCapítulo 7
  8. El loboCapítulo 8
  9. El caminoCapítulo 9

Si tuviera que elegir una carta para acompañar este texto, sería la Luna. En los arcanos mayores lleva el número dieciocho.

Casi todo lo que hay en esta carta tiene que ver con no ver claro. El rostro de la luna tiene los ojos cerrados; su luz cae y todo queda envuelto en una penumbra. El perro y el lobo, con el camino de por medio, levantan igual la cabeza y le ladran y le aúllan a la luna: uno domesticado, el otro salvaje, como dos maneras de leer una misma cosa. Del agua sale un cangrejo de río, como esos pensamientos que suelen quedarse en el fondo y que, en un descuido, suben a la superficie. Las dos torres se alzan a los lados, y el camino pasa entre ellas y se pierde en las montañas lejanas, sin que se vea dónde termina.

En los días en que estaba grabando de nuevo la baraja, más de una vez sentí que estaba justo al principio de ese camino: creía haber visto bien el original, y lo que veía era mi descripción; creía que era mala suerte, y era yo quien había metido ahí mi propia imaginación.

Antes pensaba que esta carta hablaba de la confusión. Ahora prefiero leerla así: cuando no se ve del todo claro, no hay que apurarse a sacar conclusiones; hay que volver al original y mirarlo otra vez.

Leer el significado completo de La Luna →
Capítulo 10

Para terminar

Grabado no viene a reemplazar los originales. El estilo Clásico sigue ahí, y ni uno solo de los escaneos originales se ha tocado; si te gustan sus líneas toscas y sencillas, puedes volver a él cuando quieras. Solo quería que hubiera una manera más de mirarlos.

Mientras trabajaba en esto, me acordaba mucho de Smith. Hace más de cien años, ella dibujó estas setenta y ocho cartas; más de cien años después, se siguen sacando y mirando una y otra vez. Esta vez, yo tampoco hice más que volver a mirar, con atención, lo que ella dibujó.

Para ver algo con claridad, primero hay que aceptar que quizá lo estemos viendo mal.

Los originales siempre han estado ahí; lo que cambia es nuestra manera de mirarlos.

La próxima vez que saques una carta, quizá puedas quedarte un rato más mirándola y fijarte en esas cositas de los rincones en las que normalmente no reparas. Puede que veas algo que antes no habías visto.

Y quizá no solo con las cartas. Con las personas y las cosas que pasan cada día frente a nuestros ojos, ¿no será que hace tiempo que solo miramos nuestra propia descripción, y que no volvemos a mirar el original?

Lunaris
Escrito en noviembre de 2026
Una pregunta para ti

¿Hay algo que ves todos los días y que, en realidad, nunca has mirado con atención?